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Management

Cómo superar la obsesión por ayudar a los demás

Por: Financiero 25 Feb 2020

Redacción El Financiero Podría decirse que nunca ha habido un mejor momento para los empleados que buscan orientación profesional. Con el rápido aumento de orientadores, […]


Cómo superar la obsesión por ayudar a los demás

Redacción El Financiero

Podría decirse que nunca ha habido un mejor momento para los empleados que buscan orientación profesional. Con el rápido aumento de orientadores, consultores y asesores en el lugar de trabajo, así como la popular y creciente tendencia de “el líder como orientador”, acceder a la ayuda (para la mayoría) ya no es un desafío, argumenta Ron Carucci, cofundador y socio gerente de Navalent, quien trabaja con CEOs y ejecutivos que buscan un cambio transformador para sus organizaciones, líderes e industrias.

En un artículo publicado por Harvard Business Review, Carucci explica que quienes trabajan con orientadores suelen ser considerados admirables, y los líderes que portan el título lo hacen como una insignia de honor a pesar de que, hace apenas unos años, pedir ayuda se consideraba algo débil.

Este cambio en la cultura organizativa tiene muchos beneficios, dice el experto, quien asegura que este nuevo escenario permitirá a la gente admitir las limitaciones sin miedo, y hará que el proceso de aprendizaje sea seguro y previsible.

“Pero, ¿podría tener también un lado oscuro el hecho de tener tanta ayuda?”, se pregunta Carucci, quien explica que recientemente escuchó a alguien exclamar: “¡Sólo soy un adicto al asesoramiento! Me encanta ver a la gente avanzar”, expone el también autor de ocho libros de gran éxito en ventas, quien afirma que el sentimiento de ayudar puede ser adictivo.

En su libro, The Advice Trap, el autor Michael Bungay Stainer explora la inherente obsesión por dar consejos. Dice: “Tan pronto como alguien empieza a hablar, nuestro Monstruo del Consejo se asoma a nuestro subconsciente, frotándose sus manos y afirmando: ‘¡Estoy a punto de añadir algo de valor a esta conversación!’ La peligrosa creencia básica de nuestro Monstruo del Consejo es: “Eres mejor que la otra persona”.

Así, los expertos en comportamiento concuerdan en que “ayudar” tiene el potencial de convertirse en una adicción. Cuando ayudamos a los demás, nuestro cerebro emite tres sustancias químicas, a menudo conocidas como la trifecta de la felicidad:

Serotonina
(produce intensas
sensaciones de bienestar)

Dopamina
(intensifica
la motivación)

Oxitocina
(aumenta la sensación
de conexión con
los demás)

“El resultado de sentirse bien de esta combinación nos hace querer repetirla, naturalmente. Pero cuando nuestra necesidad de ayudar se vuelve tan insaciable que nuestro sentido de propósito está ligado directamente a otros, específicamente a aquellos que necesitan nuestra orientación, ya no es a otras personas a las que estamos ayudando. Es a nosotros mismos”, afirma el experto.

Los psicólogos se refieren a este problema en particular como adicción a la representación, o el Síndrome del Caballero Blanco. Este se define como una necesidad de rescatar a otros a través de la ayuda — con nuestro consejo, orientación o ideas — con el fin de reforzar nuestros sentimientos de auto-importancia. Mientras que los que tienen un sano sentido de la representación se sienten tan satisfechos de ayudar a otros a tener éxito como de verlos triunfar por sí mismos.

Este fenómeno podría ser quizás una consecuencia de trabajar en una economía del conocimiento. Lo que producimos está inseparablemente ligado a lo que somos.

“En una empresa con la que consulté, esto era válido hasta cierto punto. Un socio de la firma era tan brillante, generoso y dispuesto a ayudar a cualquiera, que sus colegas se refirieron a él como “el cajero automático de la respuesta”. Su lema era: Eres tan bueno como tu última idea. En privado, sin embargo, sufría de depresión y ansiedad, incapaz de separar su sentido del valor, de la ayuda que ofrecía a los que le rodeaban”.

Para evitar este tipo de situaciones el experto expresa: Si alguna vez se ha preguntado si su genuino disfrute de ayudar a los demás se tambalea por el exceso de indulgencia, hay algunas cosas que puede hacer para superar la adicción a la representación, o evitarla por completo. Estas son:

Monitoree sus
narrativas internas


La mejor manera de probar si tiene o no una inclinación a la sobre-ayuda es mirar hacia adentro y observar su propio pensamiento. Hágase estas preguntas y respóndalas honestamente:

Cuando no estoy ayudando a los demás, ¿me siento ansioso o sin rumbo?

¿Ofrezco a alguien consejos no solicitados, incluso en ambientes sociales casuales, bajo el pretexto de “sólo intento ser útil”?

¿Me siento a la defensiva o despreciado cuando me entero de que las personas a las que he ayudado han encontrado útil el consejo de otra persona, o que no me han consultado sobre un problema?

¿Me imagino ayudando a otros con consejos que cambian la vida, visualizando cómo mi ayuda podría ser vital para su éxito?

¿Me siento inseguro cuando alguien a quien ayudo cuestiona o no sigue mi consejo?

¿Busco elogios después de dar un consejo o necesito que la otra persona reconozca que he sido útil?

¿Me siento aventajado, como si hubiera hecho un sacrificio, después de un estresante proceso de ayuda?

Responder sí a algunas de las preguntas anteriores no confirma necesariamente que haya ayudado en exceso, pero podría indicar que es algo de lo que debe cuidarse. Si respondió sí a todo lo anterior, o se siente inquieto por este tema, tal vez deba considerar la posibilidad de realizar un trabajo más profundo para identificar, en primer lugar, dónde y cómo podría haber fundido su sentido de identidad con la ayuda que presta a otros, explica el experto.

Comprométase a ser un socio igualitario, y no un salvador
Los mejores ayudantes establecen expectativas claras desde el principio. “Uno de los primeros límites que establezco con los clientes es: Nunca me importará tu éxito más que tú”, complementa el autor, quien advierte que un signo revelador de sobre-ayuda es cuando te encuentras haciendo más por ayudar a los demás que lo que ellos hacen por sí mismos.
Si un orientador o líder recuerda habitualmente los compromisos que se han asumido, si acepta excusas cuando esos compromisos no se cumplen, e incluso interviene para hacer parte del trabajo por ellos, entonces la colaboración no es igualitaria, dice.
Evite la dependencia midiendo la mejora
La grandeza de un orientador se puede medir por su capacidad de ayudar a alguien a crecer hasta el punto de no necesitarlo más. Del mismo modo, la grandeza de un líder puede medirse por su voluntad de dejar que otros lo superen. Cultivar la dependencia sólo hace que la otra persona se debilite, aunque temporalmente la haga sentir poderosa.
Para evitar esto, los ayudantes deben medir los progresos en relación con los objetivos definidos para mejorar. Por ejemplo, si un orientador trabaja con un líder para mejorar su capacidad de delegar, debe hacer un seguimiento de los avances en las oportunidades que se presentan para delegar, a fin de asegurarse de no volver a caer en el mismo error.
Aplique la cantidad correcta de presión
El mayor valor de un orientador o consultor para un cliente es su capacidad de ver y ofrecer la verdad sin rodeos, sin que importe lo difícil que sea oírla. Los seguidores confían en líderes que transmiten mensajes duros de forma respetuosa y cuidadosa.
En el otro extremo del espectro, están los orientadores y líderes acosadores cuya franqueza raya en el abuso, lo que lleva a la pérdida de confianza y compromiso por parte de los que están siendo ayudados. “Hablan con dogmas condescendientes y gritan declaraciones. Tanto los ayudantes evasivos como los acosadores llegan al mismo resultado: Mantener a los que ayudan necesitados de ellos”.
Para llegar a ser grandes, los líderes y orientadores deben aprender a determinar el grado adecuado de presión a aplicar: Este debe ser suficiente para mantener la confianza y el compromiso mientras se hacen progresos tangibles, puntualiza Carucci.

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