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Una historia de valor

Por: Financiero 03 May 2021

Pero la génesis del comercio humano es un método impráctico: el otro no siempre tiene lo que necesitamos, y quizá no tenemos lo que el otro requiere; además, ¿cómo ponderar las equivalencias entre mercancías tan distintas como, digamos, el grano, la lana o la madera?


Una historia de valor
Con el transcurrir del tiempo, el valor de los medios de intercambio ha evolucionado, tendiendo cada vez más a la facilidad de uso provista por la tecnología

Rehtse Terán

Al principio, fue el trueque…

Pero la génesis del comercio humano es un método impráctico: el otro no siempre tiene lo que necesitamos, y quizá no tenemos lo que el otro requiere; además, ¿cómo ponderar las equivalencias entre mercancías tan distintas como, digamos, el grano, la lana o la madera? 

Hacía falta una referencia aceptada por todas las partes, un método, o mejor dicho, un medio para intercambiar bienes: para solucionarlo, fue utilizado el ganado o el cacao en Mesoamérica, mientras que en Europa, de forma extendida, el oro y la plata.

El oro y su valor físico
Este metal empezó a ser utilizado desde la prehistoria, remontándose a 6.000 años atrás de nuestros días. 

El valor que se le otorga se debe a su apariencia, sus propiedades resistentes a la corrosión y degradación, su ductilidad y maleabilidad, y sobre todo, su escasez: se calcula que han sido minadas 160.000 toneladas de oro durante toda la historia humana, las cuales podrían ocupar un cubo de 20 metros.

Casi todas las culturas y sociedades lo han apreciado por su belleza, simbolizando poder, estatus, prosperidad y pureza. 

Su uso como dinero (es decir, como un bien de demanda mayor usado para el intercambio) se debe a que es portable, no es una sustancia tóxica, y es estable, no se degrada. Pero, en definitiva, para ser un medio de cambio, el oro no tiene que tener valor intrínseco. Una moneda de oro tiene valor porque nosotros, como sociedad, decidimos que lo tiene.

El valor del medio, o el valor simbólico
Incluso con sus propiedades de ductilidad, belleza e inmutabilidad, el peso del metal afectaba su portabilidad al manejarse en grandes cantidades. 

Por esto, la humanidad adoptó el papel moneda, una representación por escrito que simbolizaba una cantidad de oro depositada en el tesoro real, o en un banco. El primer uso data del siglo VII, en China, instaurándose oficialmente en el año 812.

En Europa, los primeros billetes se imprimieron en 1661 de la mano del cambista Johan Palmstruch, que los entregaba a modo de ”recibo” o ”resguardo” a quienes hacían depósitos de oro o plata en el Banco de Estocolmo, curiosamente fundado por él mismo.

Estos fueron los inicios de los billetes. El valor ya no radicaba en el metal, sino en los papeles que representaban cierta cantidad de metales preciosos. Además, podemos afirmar que el valor radicaba también en que eran un medio más sencillo de transportar la riqueza, al portar estos billetes o recibos por escrito que representaban la existencia de metales físicos.

A partir de ese entonces, prácticamente todas las monedas tuvieron atada su disponibilidad a la cantidad de oro que mantuviese en resguardo cada gobierno o entidad emisora. Eso, hasta que los gobiernos se vieron en la necesidad de desligarse de ese “patrón oro” en la medida en que sus economías crecían, y no disponían de oro para respaldar sus monedas.

La moneda actual referencial para el comercio exterior, el dólar, empezó a ser utilizada para transacciones internacionales a raíz de los Acuerdos de Bretton Woods, promovidos en 1944 por Estados Unidos, país que antes de finalizada la Segunda Guerra Mundial ya era la mayor potencia mundial.

La libra esterlina, la cual fue también referencia en la economía internacional, dejó de estar respaldada en el metal precioso tras la Primera Guerra Mundial. Las condiciones de los mencionados Acuerdos establecían que el dólar se utilizaría a escala global, siempre y cuando su valor estuviese respaldado en oro.

Hasta que, en 1971, durante la presidencia de Richard Nixon, inició otro capítulo en la historia que hoy nos compete: el dólar estadounidense dejó de estar respaldado en oro, y aunque mantuvo su estatus de moneda internacional, pasó a respaldarse exclusivamente en la confianza (y fe) de la sociedad… lo que nos trae de nuevo a la pregunta recurrente: ¿dónde radica el valor de una moneda?

Del dinero simbólico al super-simbólico
Alvin Toffler, futurista y autor del libro El Cambio del Poder, anticipó en 1989 un sistema en el que la producción de riqueza estaría a cargo de las ciencias de la información y en las tecnologías de la comunicación, más que en la producción en masa de la industria.

Toffler también propuso que todos los procesos productivos serían cada vez más dependientes del conocimiento de punta; la tierra, la mano de obra y el capital mismo serían sustituidos por el conocimiento. La distribución del poder, a su vez, dependería menos de la distribución del dinero, y más de la distribución de la información.

El dinero mismo, vaticinó el autor, estaría alejado cada vez más de la realidad tangible de una moneda de oro o de un billete, por ejemplo, y quedaría reducido a impulsos electrónicos y datos informáticos cada vez más abstractos. Las empresas se disgregan, multiplican y diversifican; sus trabajadores son cada vez menos intercambiables, ya que la riqueza que aportan no es su fuerza física sino las herramientas simbólicas de su conocimiento.

En este escenario, el libre flujo de la información y del capital requiere que empresas y países tengan una infraestructura electrónica e informática avanzada, que garantice la interactividad, la convertibilidad de un medio a otro (y en el ámbito financiero, de una divisa a otra) la movilidad conectibilidad, omnipresencia, y la mundialización o cobertura para todas las personas, sin discriminación.

El dinero digital del siglo XXI, ¿dónde radica su valor?
Desde que se asumió el oro como representación de riqueza, a pesar de (y quizá motivado por) su “inutilidad”, el dinero al que le atribuimos valor ha sido cada vez más simbólico e intangible: papel, billetes, dinero electrónico emitido por los bancos centrales, hasta llegar al dinero digital nacido de la tecnología blockchain, el Bitcoin y demás criptomonedas.

Veamos, la utilidad del oro o del dinero no es la misma que la de, por ejemplo, una herramienta, una parcela de tierra, el tiempo y esfuerzo de un trabajador, o su conocimiento sobre cómo hacer una tarea. El valor del dinero, aparte de la fe y la confianza, radica en que es un medio para un fin.

Es cierto que el dinero super-simbólico (o meta-simbólico, si cabe la expresión) representado por las monedas digitales aún se apoya en la confianza, y su valor se mide con respecto a las divisas fiduciarias como el dólar. Lo cual abre la puerta a utilizar a las criptos como valores refugio; al igual que el oro, los inmuebles y otros bienes, pero incomparablemente más líquidos y transaccionables.

Y en tiempos contemporáneos, como lo señaló Alvin Toffler, el valor de las nuevas divisas digitales se debe a su omnipresencia, sus auditabilidad, la posibilidad de operar desde el anonimato, su emisión limitada y fuera del control de los bancos centrales, la facilidad y rapidez para operar con ellas, y su convertibilidad a través de nuevas herramientas financieras. 

En esencia, una divisa es un medio para obtener bienes, servicios o facilidades en el presente y futuro, pero ella en sí misma no representa una utilidad (y menos si nuestra noción del dinero se transporta, de forma cada vez más extendida, a entornos informáticos intangibles). 

El valor de las monedas digitales del siglo XXI también radica en la confianza y preponderancia que le ha dado la sociedad actual. Su valor se debe a su facilidad de uso en un mundo que experimenta sanciones y bloqueos, guerras financieras, y economías inflacionarias. 

Siendo conscientes de la naturaleza cada vez más intangible y volátil de los medios de intercambio, ya sea oro, monedas fiduciarias, o criptomonedas, se debe procurar traerlas al plano de lo real, en forma de bienes, propiedades, o en la mejor inversión posible: el conocimiento para generar más riqueza. A medida en que la tecnología evoluciona, el dinero se genera desde otras fuentes, y el valor cambia de lugar.

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