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Management

La reinvención financiera de nuestros países

Por: Financiero 04 Oct 2020

La pandemia por la COVID-19, con todo el sufrimiento y pérdidas que ha representado y seguirá representando en el futuro próximo, ha abierto una ventana para cambios que de otra forma habrían demorado mucho en concretarse.


La reinvención financiera de nuestros países
Compás Financiero

Andrés Chiodi
Consultor Financiero
Profesor del IESA Panamá
@CompasFinancier

La pandemia por la COVID-19, con todo el sufrimiento y pérdidas que ha representado y seguirá representando en el futuro próximo, ha abierto una ventana para cambios que de otra forma habrían demorado mucho en concretarse.

Los cambios vienen para bien o para mal, según se aprovechen o no, y podemos verlos positiva o negativamente, tal como vemos un vaso medio lleno o medio vacío. Esos cambios ocurren en todas las esferas y nos afectan desde nuestra mente, hasta a nivel de la sociedad mundial. Hoy, veamos cómo pueden nuestros países transformarse hacia ese futuro diferente y de cambios constantes, en la esfera del manejo económico.

Una estrategia válida para enfrentar mejor los cambios es mantenernos ágiles. La agilidad ha estado de moda en las empresas y emprendimientos, y significa tanto acostumbrarse a crear, probar, cuestionarse y reintentar, sin demoras innecesarias, como aprender a soltar esquemas y paradigmas rígidos y obsoletos que nos impiden cambiar tanto como podemos.

Los Estados tendrán que reinventarse si quieren seguir siendo funcionales y albergar a sociedades satisfechas y realizadas, bajo estándares de vida que seguirán elevándose. Y una de las facetas más críticas del reto está en el aspecto financiero.

Deuda buena, mala y fea

Las últimas décadas de políticas económicas han relajado los preceptos de disciplina fiscal, han hecho que acumulemos unas deudas públicas que van de grandes hasta inmensas. El dinero obtenido al asumir esas deudas ha ido, en parte, hacia proyectos de desarrollo que prometieron mayor productividad futura, y por ende mayor capacidad de generar riqueza, es decir ingresos con los que pagar esas deudas. Esas deudas productivas, tal como sucede a nivel de empresas y hasta familiar, son un uso positivo del crédito.

Sin embargo, mucha deuda ha sido tomada para pagar gasto público corriente -por ejemplo nuevos cargos públicos que se crean sin una necesidad real-, cuyo efecto en la productividad es bajo o nulo. Y esa deuda es tan negativa como la que podemos tomar para pagar una fiesta, que tras acabar no nos deja nada valioso. Fiestas como las que hacen algunos políticos populistas que compran el favor del pueblo pagando con dinero que no es suyo, y que deberá ser pagado por las generaciones futuras.

Otra parte de la deuda, la “fea”, ha ocurrido debido a necesidades imprevistas, como las relativas a la crisis actual. Afortunadamente, para ciertos países que aún son merecedores de crédito, las bajas tasas reducen la fealdad de estos préstamos de “emergencia”. Pero esa no es la mejor solución ni la realidad de todos nuestros países.

La previsión como clave

Aún con el nivel bajo de tasas de interés actuales -una situación que posiblemente se mantenga un largo tiempo- los países no deben tomar dinero prestado irresponsablemente. El argumento, circunstancial, de que no hay alternativa en este momento, debe llevarnos a exigir a los gobernantes una gestión fiscal futura diferente.

Así como una familia o empresa no deben permitirse existir normalmente sin reservas, las naciones no pueden considerarse bien administradas si no crean sus mecanismos de reserva, de ahorro.

Crisis como la actual se repetirán. La historia nos lo evidencia claramente. Debemos apuntar, como sociedad, trabajar en pro de nuestra resiliencia, nuestra capacidad de prevenir los problemas y de ser capaces de afrontarlos sin mayores inconvenientes. ¿Qué sería de las familias si antes de la pandemia hubieran tenido una reserva significativa de dinero? Igualmente, ¿qué sería de nuestros países si tuvieran finanzas sanas, poca o nula deuda y una buena cantidad de recursos ahorrados?

“Soluciones” que traen más problemas

Desde hace años se ha venido viendo un manejo relajado del problema fiscal de muchos países.

Algunos recurren a aumentar una y otra vez los impuestos, al punto de ahuyentar a los negocios y hasta sus habitantes. Por ejemplo, en Costa Rica, actualmente se discuten reformas tributarias inéditas que pasarían a ese país del cuarto al primer lugar en el ranking Doing Business de carga impositiva entre las economías OCDE, entre las que ahora gustan compararse.

Otros países siguen incrementando su deuda pública, una y otra vez, sin planes creíbles de cómo van a parar ese círculo vicioso, dominado por un gasto público corriente que no deja de crecer, a la par de las promesas de gobiernos paternalistas que piden votos a cambio de subsidios y quitar responsabilidades a sus ciudadanos. Lamentablemente, este es el caso de muchos países de la región, por lo cual Latinoamérica ha incrementado aproximadamente en un 32% su deuda pública entre 2015 y 2018.

Existen naciones que siguen cayendo en la trampa de la nefasta espiral inflacionaria, causada por gobiernos que generan dinero inorgánico con el cual pagar sus cuentas, para no tener que echar para atrás en sus desaciertos, gastos inadecuados o pensar en subir impuestos -y arriesgar sus reelecciones-.

La inflación es el impuesto más perverso de todos, ya que afecta sobre todo a quien vive de algún ingreso que se diluye, y no cuenta con bienes de capital que mantienen su valor. Con la inflación, los Estados toman dinero del bolsillo de sus ciudadanos sin que éstos se den cuenta, mientras culpan de la subida de precios al chivo expiatorio de turno, usualmente a los comerciantes. Para este caso, no hay ejemplo más claro que el de Venezuela.

El dilema de las soluciones

Corregir el esquema fiscal irresponsable y generalizado no es fácil, menos cuando se ha trabajado tanto en divulgar pensamientos que atribuyen como derechos ciertas cosas cuyo costo no es sostenible por el erario público. Dejar de endeudarse más es, en este momento de caída económica, más que difícil.

Erradicar los vestigios de la idea de imprimir más dinero cuando no basta el existente es algo que ya debió terminar de hacerse hace años, sin embargo hacerlo implica alguna de las otras dos soluciones anteriores, si no se toma la senda de la disciplina fiscal.

Los tres problemas se solucionan con responsabilidad, haciendo que los gastos públicos sean siempre menores a los ingresos y que además se utilicen eficientemente, para ir en sentido contrario a la idea de aumentar los impuestos para suplir dinero al político de turno.

Pero ser responsable, con tantos retos de desarrollo, implica que los ciudadanos nos sinceremos respecto a lo que sí queremos del Estado, y a qué renunciaremos para liberar de cargas al Estado.

Esa responsabilidad financiera se alcanza con una mejor educación económica y financiera, que permita sociedades conscientes e inmunes al populismo y la demagogia, que pueden provenir de cualquier bando político. Nuestro civismo debe evolucionar, sin revolucionar.

Reinventarnos constantemente

Hace un par de meses hablamos sobre cómo reinventarnos financieramente, en los diferentes ámbitos en los que actuamos en sociedad. Esa reinvención va en línea con el reciente consejo del profesor Yuval Harari, quien estos días indicó que las destrezas que nos permitirán superar los cambios del futuro, son el saber mantener nuestra estabilidad mental, tener una efectiva inteligencia emocional, así como saber cambiar y aprender constantemente.

Si nos cuestionamos, si buscamos cómo superarnos, si aprendemos de las experiencias propias y ajenas del pasado y nos preparamos para un futuro diferente, libre de los errores que ya vivimos, y de esta manera estaremos poniendolos números a nuestro favor.

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