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Vida y sociedad

A la altura de la mujer maravilla

Por: Financiero 08 Nov 2020

Salomé Gómez-Upegui es una escritora colombo-estadounidense radicada en Miami, Florida. Su trabajo se centra principalmente en el feminismo y la justicia social. Sus piezas han aparecido en medios como The Guardian, Zora Magazine y Huffpo. Actualmente, como cuenta en este artículo biográfico, ahora es autónoma y trabaja en un libro de ensayos en español sobre feminismo que publicará, Planeta Editores 2021.


A la altura de la mujer maravilla
Una mirada a las culpas femininas y a los clichés del propio feminismo

Salomé Gómez-Upegui es una escritora colombo-estadounidense radicada en Miami, Florida. Su trabajo se centra principalmente en el feminismo y la justicia social. Sus piezas han aparecido en medios como The Guardian, Zora Magazine y Huffpo. Actualmente, como cuenta en este artículo biográfico, ahora es autónoma y trabaja en un libro de ensayos en español sobre feminismo que publicará, Planeta Editores 2021.

En este texto publicado originalmente en inglés por la revista estadounidense Fast Company, Salomé, quien es consultora en equidad de género y liderazgo de mujeres, habla de la “verguenza” que supone para una mujer feminista recibir apoyo económico indicional de su pareja. Pero más allá de ello, se adentra en las culpas infinitas que solemos sentir las mujeres por no ser “suficientes” para los estándares de la sociedad.

Los invitamos a leer su artículo titulado “Me resulta cansón avergonzarme por tener que depender económicamente de mi pareja”, escrito en primera persona en el cual se sumerge en un profundo análisis sobre la liberación y el bienestar de las mujeres.

Todo comenzó en 2018. Acababa de salir de la universidad y estaba totalmente confundida sobre lo que quería hacer con mi vida. Hasta entonces, había recorrido un camino profesional aparentemente bien pensado como abogada de derechos humanos, graduándome en una institución de la Ivy League y desarrollando una impresionante red profesional. Sin embargo, quería hacer algo diferente. Quería que la independencia y la creatividad dictaran mi destino profesional. Deseaba ser escritora, y eso significaba abandonar la fuente constante de confianza en mí misma, que había sido el éxito de mi carrera, y más pragmáticamente, renunciar a la seguridad de un salario.

En búsqueda de mis sueños, tuve la oportunidad de contar con mi pareja, quien generosamente me ofreció su apoyo financiero incondicional. A partir de ahí, él es quien paga la mayor parte de nuestros gastos domésticos, y esta es una realidad que suele generar sentimientos vergonzosos.

Como una autoproclamada feminista que ha dedicado su carrera a escribir sobre temas femeninos, a veces me preocupa que tal vez no esté practicando lo que predico. Las mujeres mayores de mi vida también lo están por mí, como lo expresan frecuentemente y sin pudor. Les angustia que termine cayendo en el terreno resbaladizo de la comodidad y que acabe atrapada en una situación problemática de dependencia, similar a la suya.

La vergüenza se agudiza cuando veo a mis compañeros prosperar y ganar mucho dinero en bufetes de abogados o en trabajos de servicio público de alto nivel. Al menos una vez al mes, como todo profesional independiente que conozco, me pregunto si debería dejar de engañarme a mí misma y buscar un “trabajo común”, como Dios manda.

Para ser claros, sé que estoy en una situación privilegiada, y al escribir esto, no me gustaría sonar como si mis zapatos de diamante me apretaran demasiado. Sé que muy pocas personas pueden decir que tienen la oportunidad de perseguir cómodamente los sueños de su vida gracias al apoyo financiero de su pareja. También sé que mi privilegio se magnifica por no tener hijos y por la prestigiosa educación a la que podría recurrir si quisiera.

Sin embargo, el reconocer
mi privilegio no suprime mi vergüenza.

He reflexionado ampliamente sobre las causas de mi mortificación. Sin duda, la razón principal es la creencia patriarcal y capitalista de que nuestro valor es tan grande como el número en nuestros cheques de pago. Durante años, hemos sido socializados para creer que nuestras contribuciones a la humanidad solo pueden medirse monetariamente. No es de extrañar que me encuentre comparando los ingresos de mi marido con los míos. No importa el hecho de que sea nueve años mayor que yo, o un profesional de alto nivel en una industria lucrativa. Cuando estoy en espiral, todo lo que veo es que hay algo que indica mi amabilidad.
Francamente, también me detengo en los juicios que provienen de los círculos feministas. Me he encontrado con muchas feministas poderosas que creen que las mujeres únicamente pueden liberarse en los pasillos de las empresas o de las instituciones obsesionadas por la jerarquía. De acuerdo con esta estrecha versión del feminismo, predominantemente blanca, de Girl Boss, los implacables movimientos y los sueldos sustanciosos, son los principales caminos hacia la igualdad. Aquellos que no pueden o no quieren replicar estos modelos individualistas de éxito, son juzgados por no tener lo necesario para llegar al “tope”. Estas llamadas feministas no se atreverían a cuestionar nuestra dependencia financiera de la América corporativa, pero están más que dispuestas a repudiarla cuando se manifiesta en relaciones de pareja.

Como mujeres, hemos sido tan socializadas para dar, sacrificar y servir a los demás, que se siente mal o incluso imprudente, recibir.

Además, hemos sido socializadas para sentir vergüenza por todo. La deficiencia parece ser un efecto secundario común de vivir en una sociedad patriarcal, no importa cómo se elija vivir la vida. Aunque me avergüenzo de no asumir suficientes gastos, no sería difícil encontrar una mujer que pague por todo, pero sienta vergüenza por no pasar suficiente tiempo con su familia o por no tener una pareja masculina que cumpla con el rol de proveedor. La vergüenza de la madre trabajadora, por ejemplo, que también es producto de no estar a la altura de expectativas absurdas, es un asunto perdurable en demasiadas mujeres. La verdad es que la vergüenza seguirá estando siempre presente mientras continuemos midiéndonos con estándares arbitrarios de suficiencia.

Desearía que hubiera más transparencia sobre los muchos caminos posibles hacia el éxito. Estoy segura de que sería más fácil recibir con gusto, el apoyo de mi pareja, si normalizáramos esto como algo que otros profesionales independientes hacen felizmente para llegar a donde están. Pero en nuestra sociedad eternamente individualista, la ayuda se sigue presentando como un signo de debilidad. Y cuando las mujeres son las receptoras, todavía se interpreta como un signo de fracaso.

Y no sé cuándo me encontraré en una situación diferente. Pero insistir en las razones de mi incomodidad me ha recordado que no soy deficiente o fracasada en la vida, como a menudo parece. Todavía estoy tratando de encontrar la manera de lidiar con estos sentimientos, y algunos días son mejores que otros, ya que la vergüenza es una emoción terca. También es un sentimiento que fácilmente se arraiga cuando no se discute, y al escribir esto, espero propiciar una conversación y brindarme una sensación de alivio, tanto a mí como a aquéllas que se han sentido solas o insuficientes por vivir al margen del descabellado patrón de Mujer Maravilla.

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